La batalla que nunca fue contra una pastilla
¿Y si la batalla nunca fue contra la alergia? ¿Y si tampoco era contra una simple pastilla? A veces descubrimos que lo que más nos cuesta no es aceptar una enfermedad, sino aceptar que, por un tiempo, necesitamos ayuda. Una reflexión sobre el control, la fortaleza y esa extraña costumbre de querer poder con todo solos.

Hay días en los que la vida te da una lección disfrazada de algo tan simple como un antihistamínico.
Hace unas semanas mi piel decidió protestar. Un poco de sol, un tratamiento estético, una barrera cutánea alterada... y, casi al mismo tiempo, regresó una vieja conocida: la alergia.
Rinitis. Estornudos. Picor. Ojos hinchados.
La cara era casi lo de menos.
Lo verdaderamente incómodo era reconocer que una pequeña pastilla conseguía lo que yo no podía conseguir por mí misma.
Y ahí descubrí que mi batalla nunca había sido contra la alergia.
Era contra la idea de necesitar ayuda.
Me conozco.
No me gusta depender de nada.
Prefiero entender lo que ocurre, cambiar hábitos, observar, reajustar, aprender.
Con la diabetes puedo hacerlo. Llevo un sensor que me muestra cómo responde mi cuerpo. Camino, modifico la comida, vuelvo a medir. Hay un margen donde mi conducta cambia el resultado.
Eso me da tranquilidad.
Pero la alergia...
La alergia no negocia.
No puedo convencer al polen para que hoy no florezca.
No puedo razonar con mi sistema inmune.
No puedo entrenar más fuerte para dejar de estornudar.
Y, de repente, me vi haciendo exactamente aquello que tantas veces observo en consulta.
Luchando contra una realidad que no dependía de mí.
Mientras me resistía a tomar la pastilla, seguía con la nariz goteando, los ojos llorosos y el cuerpo pidiendo una tregua.
Entonces apareció una pregunta incómoda.
¿De verdad mi problema era el antihistamínico?
¿O mi dificultad para aceptar que, durante un tiempo, esa era la ayuda que necesitaba?
Me hizo sonreír descubrir la respuesta.
Llevo años hablando de dejar de ser la mujer que sostiene el mundo.
De aprender a pedir ayuda.
De dejar de confundir fortaleza con resistencia.
Y resulta que mi propio cuerpo había encontrado una forma muy curiosa de recordármelo.
No siempre ser fuerte consiste en aguantar.
A veces consiste en colaborar.
En dejar de pelearte con la realidad.
En entender que aceptar una ayuda puntual no te hace más débil.
Te hace más sabia.
Quizá eso sea madurar.
No ganar todas las batallas.
Sino aprender a distinguir cuáles merece la pena librar.
Porque, siendo sincera...
Mi guerra nunca fue contra una pastilla.
Fue contra la idea de que debía poder con todo sola.
Y, curiosamente, el día que dejé de luchar contra ella...
Respiré mejor.
Audio gratuito
¿Quieres probar una hipnosis?
Te mando gratis mi audio 'Me Visualizo' — 10 minutos para volver a ti.