coachs, nuevos mesías

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Dicho así puede parecer muy fuerte, pero fue el comentario que oí de alguien de mi entorno  cuando dije que me estaba dedicando al coaching.  Yo me quedé impasible y no me di por aludida. Hace tiempo que aprendí que no vale la pena explicar nada a quién no quiere entender, o abrir su mente.

Una vez leí una frase que decía: “Que no hablen los que saben sino los que conocen”.     

Ésta frase, que  a simple  vista  puede parecer redundante, marca una diferencia esencial  entre una y otra cosa.     

El saber se puede adquirir a través de la lectura, la conversación, el intercambio de ideas, pero el conocer  sólo se logra mediante la experimentación, el vivirlo en primera persona.          

No lo mismo que sepas que cuando uno tiene una crisis de ansiedad se desatan ciertas reacciones fisiológicas, a sentir como se te seca  la garganta, te sudan las manos  y el corazón te palpita a cien revoluciones por minuto mientras conduces  por la autopista bajo una lluvia torrencial , en pleno ataque de pánico.                                                                                                                    

Por mucho que te digan que te tranquilices, por mucho que respires e intentes controlar la mente, el proceso ya está en marcha, y aunque sepas que son pocas las probabilidades de morir por esa causa, en ese momento sí que te sientes como si te fueras a morir, (aunque suene exagerado es así  🙂

Y una vez pasado el mal trance, no sólo le pasa factura a tu cuerpo el torrente hormonal que se te ha chutado en sangre, sino que añadimos al daño emocional que le causa a tu autoestima,  la vergüenza que sientes ante tu reacción aparentemente exagerada, y  los reproches que se te hacen desde tu entorno.

La mayoría de los Coachs hablamos en primera persona, de lo contrario pienso que no podemos ser inspiradores de nada. La teoría debe servirnos para estructurar nuestras sesiones y aplicar las herramientas que nos lleven a obtener un resultado, pero si falta el ingrediente vital que es la empatía, no hay nada que rascar; entonces sí que se convierten en unos falsos mesías que van predicando con entusiasmo algo de lo que desconocen totalmente.

No digo que para ser coach hay que haber pasado por una situación traumática y límite, nada de eso, me refiero a que como decía Sócrates: “La vida examinada, es la única que merece ser vivida”.

Las propias vivencias son nuestra mayor fuente de conocimiento, las batallas que hemos librado son nuestro campo de aprendizaje. Por eso entendemos que cuando una persona acude a nosotros, muchas veces se encuentra perdida, “como un corcho en medio del océano flotando a la deriva” y que lo último que precisa en ese instante son lecciones de moral, o juicios gratuitos sobre su persona, sino alguien que le guíe en su proceso de superación y auto-conocimiento.

Yo suelo explicar  a mis clientes que la diferencia de un proceso de coaching respecto a otras terapias  o herramientas de apoyo, es que su pasado y la causa de su mal da igual,  que no se trata de hurgar en lo que duele y buscar culpables;  que juntos tenemos que construir una cesta con los materiales que tenemos en nuestras  manos, que no importa si el mimbre es el adecuado o la razón de su deterioro, que es lo que hay,  y que desde esta  realidad como punto de partida, hay que trabajarlo y moldearlo de manera tal,  que la  cesta sea lo  mejor que se pueda lograr con el material  aportado.                         

Y puedo asegurar que algunas cestas quedan tan bonitas que bien pueden considerarse artículos de lujo 🙂

Valeria Fuster

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